
De repente todo se volvió gris y de un momento a otro el cielo se rompió sobre la especie urbana.
Busqué un taxi como todos los otros pero con menos suerte. Empapada y con la única intención de llegar a mi casa sin importarme ni cómo, ni cuándo, empecé a caminar por San Telmo sobre inoportunas plataformas pensando que no cualquier colectivo me deja en la puerta y fantaseando el homicidio más cruento de la historia para un frustrado cineasta devenido en meteorólogo mediocre.
Entré a un bar y me senté en la mesa junto a la ventana para ver a la gente enloquecida correr como si cayesen meteoritos; cuando lo vi pasar.
Podría reconocer su andar entre veinte o cientos. La última vez que tuvimos una cita fue promediando mi edad, todavía éramos adolescentes y se me aceleraban los latidos cuando intercambiábamos sonrisas. Me miraba con sus ojos celestes, y yo advertía un océano entre parpadeo y parpadeo, sabiendo que mi improvisada balsa se daría vuelta en sus aguas y con suerte sólo me ahogaría.
Caminaba sin detener la vista como a quien los años le pesan. Sentí curiosidad en saber qué había sido de él pero mi recuerdo necesitaba mantenerse inalterable.
Terminé el café con leche y las medialunas, esperé un rato. Pagué la cuenta. Cuando salí a la calle ya no llovía.

2 comentarios:
Maestra, que quede en la retina
¡Excelente decisión! Hay que evitarse los desengaños gratuitos.
Besos y fresias
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