jueves, 11 de julio de 2013

Comer, rezar, renguear.

La atmósfera otoñal monocromática de estos días cortos, me recuerdan a aquellos otros. Esos que sin pedir permiso nos toman por asalto y dejan a la fatalidad durmiendo sin frazada en el living de nuestras vidas.

Un accidente es un hecho fortuito. Sin dudas, no eran los planes que había elegido y sin embargo era responsable por ellos. A quién le importa.

Mis temores triviales mutaron hasta convertirse en miedos vitales y lo cotidiano se volvió complejo.

Es probable que Dios tenga el paso más largo y firme; el desarrollo espiritual y el conocimiento vial que yo no tengo, pero pude comprobar empíricamente, apenas habiéndome asomado, que la oscuridad del túnel es tan densa como imposible de desandar su camino y la luz la encontré después cuando aprendí a agradecer por todo lo que no sabía que tenía. Entonces, ya no estuve sola.